Relato: En cuerpo, sangre y alma

Los parpados le pesaban. Escuchaba la insistente llamada del teléfono móvil, pero era incapaz de abrir los ojos o de alargar el brazo para apagarlo. Le dolía todo el cuerpo; no lograba mover un dedo siquiera, como si hubiese estado sometida al peor de los tormentos y ahora mil sogas invisibles la enlazaran. Su mente era un caleidoscopio de sensaciones confusas. No distinguía si la insistente sintonía era la alarma del despertador o el tono de llamada, pese a que en nada se parecían un aullido lupino y la banda sonora de Godzilla. Tampoco tenía claro si era el último día de octubre o el primero de noviembre. Pero, ante todo, no podía decidir si las imágenes que danzaban en su mente eran fruto de una pesadilla morbosa o habían sucedido en realidad. 

Portada
La cordura le indicaba lo segundo, su corazón… Su corazón se encogía apretado por una mano helada cada vez que recordaba un rostro blanco semejante a una calavera. Alice abrió los párpados, sacudida por un escalofrío. El teléfono había dejado de sonar, pero su eco reverberara en los oídos de la joven. Estaba vestida con la camisa negra de escritora, abierta casi hasta el ombligo, no con el pijama. Sin embargo… Analizó con la mirada torso y muslos. La piel seguía siendo una lámina de porcelana inmaculada; ni siquiera estaba salpicada por las pecas que muchas amantes esperaban ver en una pelirroja de sangre irlandesa. Tampoco había testimonios de la orgía macabra de la noche previa.  

Las pesadillas no dejan cicatrices en el cuerpo, sino en la conciencia...

Ni la ausencia de marcas ni sus propias palabras lograron tranquilizarla. Seguía sin atreverse a alargar la mano hacia el teléfono o a bajarse de la cama. Paseó la mirada por el lecho, buscando un ancla con la cordura. Un golpe de brisa que evaporase la sensación de irrealidad, el tacto viscoso de la culpa. Por desgracia, en ese momento vio a Grace. Estaba agazapada entre la almohada y la mesita del lado opuesto de la cama, como una fiera al acecho de su presa. Intacta, sin muestras de oxidación en su superficie, tan enigmática y brillante como la tarde del 30 de octubre, cuando Alice se cruzó con un puesto ambulante de baratijas esotéricas y aquel nabo tallado en forma de calavera. 

La mirada de la joven no podía despegarse de la figura. En sus cuencas vacías parecía danzar una sonrisa irónica, macabra. Hipnótica. Alice aún estaba contemplándola cuando los ojos de la calavera ardieron como ascuas infernales. Fue una llamarada breve, atribuible a una jugada de su imaginación sobrexcitada, pero atrajo un gemido aterrorizado a los labios de la muchacha. 

Durante un instante no vio a Grace, ni el dormitorio, sino a sí misma en su despacho. Sonreía con gesto torvo, mientras narraba la perdición del Cónclave de Maestros del Horror.
El teléfono empezó a sonar de nuevo. 

No intentó cogerlo; continuaba sumergida en el recuerdo de su terrorífica noche de Halloween.


***

El cursor llevaba media hora parpadeando en la hoja en blanco y no parecía dispuesto a moverse. El timbre de la entrada estaba sonando otra vez, pero Alice no mudó de posición. Ni siquiera tenía ganas de asustar a críos deseosos de acumular caramelos. Dejó a un lado la taza de té verde, cuyo contenido parecía un destilado de calcetines sucios, y volvió a meterse en el correo electrónico, abierto por el mensaje que encendiera su furia la tarde previa. 

«Sentimos comunicarle que hemos revisado su solicitud y tenemos que revocar su entrada el en Cónclave, al considerar obligatorio que la publicación individual exigida a nuestros socios sea en formato papel». 

Así era ese club de capullos que se creían maestros del horror. El año pasado habían aceptado entre sus miembros a Arthur Blake, un heredero caprichoso que autoeditaba su mierda prescindiendo del gasto en correctores, pese ser a una nulidad ortográfica. Luego rechazaban a una autora con buenas críticas porque su editorial solo publicaba en formato digital. Y presumían de apostar por la puta calidad. 

Y todo con un mensaje más gélido que el coño de una madre superiora. Alargó la mano hacia la taza, aunque no llegó a rozar el asa. No tenía ganas de seguir torturando el paladar con aquella infusión amarga y fría. Lo ideal sería prepararse una nueva taza, pero su culo parecía soldado a la silla esa maldita noche. Desvió la mirada de la pantalla hacia la okupa más reciente del escritorio. Era una calavera blanca, tallada con sorprendente realismo a partir de un nabo, como los viejos Jack O´Lantern. La había comprado la tarde anterior, tras recibir el mensaje del Cónclave de Maestros del Horror y decidir que era preferible dar un paseo a liarse a puñetazos con el ordenador.  No tenía claro por qué se había gastado en ella dos pavos de sus magros ahorros. ¿El súbito impulso de conectar con la cultura de sus abuelos?

No te engañes, Alice. Aquella vendedora estaba buenísima y pensaste que, si le comprabas alguna de sus mierdas, tal vez lograses follártela—. Desvió de nuevo la mirada hacia la figura—. Ya que estás aquí, podrías intentar sustituir a la vaga que tengo por musa. 

calavera

¿Qué tal desahogar tu rabia contra esos imbéciles con un poco de vudú? 

Alice no pudo contener un respingo. Por unos segundos, su idea le había parecido una respuesta dada por la calavera. 

¿Por qué no? Al fin y al cabo nadie dijo que tuviese que escribir algo publicable esta noche…

Incluso podrías plantearte un reto extra. Hacer algo corto, no tus tochos habituales. ¿Qué tal una masacre en menos de 666 palabras? 

Alice volvió a estremecerse. De nuevo, había tenido la sensación de vivir un diálogo con un ente extraño y no con su propia inspiración. Aunque no era mala idea escribir un microrrelato. La obligaría a concretar y no eternizarse en presentaciones; a empezar con los capullos ya reunidos en conferencia de egos, ajenos a la proximidad del terror. 

¿Pero cómo? —murmuró, mientras plasmaba de modo inconsciente las veinte primeras palabras de su historia. 

Apenas hubo manifestado sus dudas, sonrió. Sus propias víctimas le habían dado la respuesta. Cuando la consideraban apta para ser una «maestra», le habían dicho que, si lo deseaba, podía acudir a la fiesta disfrazada de vampiro. ¿Por qué no meter uno verdadero en la reunión? Mejor aún, convertiría a uno de los capullos en chupasangres delante de sus compañeros, en mitad de un monólogo terrorífico que no estremecía  a nadie. Mientras tecleaba, podía oír el ruido de la succión, el canto de los gritos de terror, los aullidos de miedo al comprobar que las puertas y ventanas se negaban a abrirse. La risa de triunfo del vampiro. 

«Arthur Blake reía. Esta noche él sería el emperador del horror y la oscuridad…».

Y ahí nos paramos. 

Los dedos de Alice se detuvieron en el aire. El contador de palabras marcaba «665». Sin embargo, ella aún tenía mucho que narrar. Autores convertidos en seres de la oscuridad lanzándose sobre los supervivientes, la truculenta batalla contra la policía…

Tal vez si podamos un poco… 

Sin darle ocasión de acariciar las teclas, las letras ardieron en la hoja en blanco.  No tenía otra forma de definir lo sucedido. La «E» con la que se iniciaba el relato cambió del negro al rojo y empezó a brillar con chispazos naranjas y amarillentos; al mismo tiempo, su trazo parecía ir haciéndose más grueso, sinuoso e incluso papable, como si se escapase de la pantalla. Alice tenía miedo de alargar la mano y quemarse. Pronto la letra contigua se contagió del fenómeno y otro tanto hizo la siguiente. Se iban convirtiendo en palabras llameantes, como si el negro fuese un reguero de pólvora. 

¿Pero qué coño te pasa, jodida cafetera?

Su ordenador tenía la costumbre de colgarse en el peor momento, y el procesador también entraba en ocasiones en modo trol. Pero nunca le había ocurrido nada similar. Con su suerte, sería algún puto virus moderno que le jodería todo el trabajo, incluido el guardado en la nube.
Trató de cerrar el documento, pero el ratón no parecía dispuesto a moverse, ni para cerrar el procesador ni para apagar el equipo. Incapaz de apartar la mirada de una historia ya por completo grabada a fuego, apretó el botón de apagado de la torre; el efecto fue el mismo de las otras acciones: nada. Acarició la regleta pegada a la mesa, en busca del enchufe correspondiente al ordenador. Lo encontró, pero no fue capaz de extraerlo. Apenas dio el primer tirón, se vio sacudida por una descarga que la lanzó por encima del respaldo de la silla; planeó en el aire durante unos segundos, antes de golpearse contra la pared y caer sentada en el suelo.

Aún aturdida, giró el cuello dolorido para contemplar de nuevo la pantalla. Esta se había vuelto negra, como si el equipo se hubiese apagado o estropeado. No tenía esa suerte. De pronto, las letras volvieron a arder, esta vez en medio de la negrura. En lugar de desgranar una historia, formaban una lista de nombres. El primero, «Cónclave de Maestros del Horror», estaba tachado; tras él iban un concejal de Nueva York y un juez famoso por su homofobia, ambos situados entre paréntesis. Cerraba el grupo el dueño del restaurante donde se ganaba la vida hasta hacía quince días. El muy cerdo los había dejado la puta calle, sin cobrar el sueldo del mes, para fugarse con su amante.

¿Qué cojones…? 

¿Es eso? Es el fruto de tu talento, el reflejo de tus rencores. La prueba de mi poder y sus limitaciones. 

La voz se hundió como un estilete en el corazón martilleante de Alice. ¡Su apartamento estaba cerrado con llave desde dentro! Sin embargo, la voz no había sido una ilusión; tenía una dueña sensualmente corpórea. Vestía un frac raído, sin camisa, y se tocaba con una chistera. Su tez, de un marrón oscuro brillante, casi negro, relucía bajo la luz mortecina de la habitación. Su cuerpo era un sinuoso camino hacia la perdición de las almas débiles. Ni siquiera el realista maquillaje que convertía su faz en una calavera helaría la libido de las víctimas de su hechizo. En todo caso, revestía a su dueña de un morbo aún más seductor. 

Alice podía sentir el calor adueñándose de su cuerpo, pese al miedo que la paralizaba. 
Baronesa Samedi

Ninguna puerta puede detener a la Baronne Samedi. Menos aún esta noche. —La desconocida coronó las últimas palabras con un gesto burlón. 

¿Qué cojones…? 

¿Repitiendo dos veces el mismo diálogo? —Menó la cabeza con gesto propio de una maestra de escuela—. Venga, Alice, si te escogí fue porque olías a talento, además de tener un don para conectar con el lado sobrenatural de la realidad. 

¿Me escogiste? 

La pelirroja no fue capaz de reaccionar cuando la desconocida se sentó a horcajadas sobre ella y empezó a desabrocharle la camisa. Bajo la piel de la escritora, discurría una corriente subterránea  más candente que las letras flamígeras de la pantalla. 

¿De verdad piensas que fue casualidad que comprases a Grace? Yo te escogí para ella, para mí. 

La baronesa le abrió el último botón de la camisa. Sus manos ascendieron acariciadoras por el torso de Alice, dejando tras de sí una estela ardiente, mientras el rostro de la joven se iba cubriendo de un rubor febril, más encendido que su propia cabellera. La escritora suspiró cuando las uñas de su amante empezaron a dibujar espirales en sus senos. Cerró los ojos, olvidado el terror, entregada al placer, incapaz de responder a las atenciones recibidas. 

Pórtate bien y serás merecedora del triunfo, de mis favores. 

La uña del índice derecho de la intrusa abrió un corte en el seno izquierdo de Alice. Lejos de aterrorizarse, o tratar de rechazar a la extraña visitante, la joven gimió de puro gozo. Y el placer electrizó aún más su cuerpo cuando la otra comenzó a lamer la sangre, sin dejar desatendido un pezón por momentos más erecto. El fino pantalón de andar por casa empezaba a pegarse contra su entrepierna, humedecida, ansiosa por ser complacida. Pero la escritora no era capaz de moverse y su amante parecía demasiado ocupada con sus senos. 

Abre los ojos.

La voz resonó en sus oídos como el susurro de una fusta cortando el aire. Azotados por ella, sus párpados se despegaron. La oscuridad abandonó la pantalla. En una nueva hoja en blanco, unas letras flamígeras, lo bastante grandes para ser leídas desde su posición, comenzaron a tejer otra historia. No era un cuento de terror, tampoco una explosión de venganza, sino una narración  pornográfica, un destilado de sexo, dolor y sangre. Las protagonistas eran ella y su ama, la Baronesa Samedi. 

Alice supo que no eran simples fantasías. Cada detalle allí narrado, cada correazo, cada suspiro se harían realidad a lo largo de la noche. El miedo convirtió sus labios en una superficie yerta cuando la baronesa busco su beso. 

No te preocupes, disfrutarás de esto —La diestra de la intrusa se sumergió bajo la cinturilla del pantalón, premiando a Alice con una caricia breve y tentadora—. Luego darás cuenta de tu jefe; su amiguita bien podría arrancarle la polla de un mordisco en pleno frenesí.


***

Alice regresó a la realidad teléfono en la mano, arrodillada sobre la alfombra del dormitorio, sin recordar cuándo había descolgado el móvil o caído al suelo. No obstante, ese coqueteo con la amnesia distaba de ser su principal desvelo. Un antiguo compañero de trabajo acababa de contarle que su antiguo jefe había fallecido en plena bacanal de drogas y sexo, desangrado como buen cerdo, tras haberle arrancado su amante la verga de un mordisco. 

Arrastró los pies descalzos hasta el despacho, ignorando a su gemebunda vejiga, y encendió el ordenador. Como una autómata, depositó a Grace junto al pie de la lámpara y se conectó al Times; entre las crisis internacionales y las reyertas internas, una noticia le clavó los dedos espectrales en la garganta. «Reunión literaria de Halloween termina convertida en matanza». 

En su matanza. La policía había logrado abatir a los locos que se creían vampiros y el destino había querido dejar dos supervivientes, traumatizados para el resto de sus días, pero, a grandes rasgos, la noticia relataba la masacre ideada por Alice la noche anterior. Ella, no un demente, era la asesina. Los había matado a todos mediante una suerte de hechicería. Las imágenes dantescas que bailaban en su mente eran recuerdos, no los coletazos de un sueño. 

Abrió el procesador de textos y buscó los últimos documentos. El más reciente era el borrador de su segunda novela; los siguientes eran relatos antiguos, con los que se planteaba componer una antología. Ninguna de las carpetas contenía historias nuevas, y media docena de búsquedas resultaron infructuosas a la hora de localizar jefes castrados o masacres literarias. 

Consuélate, Alice. Tal vez no seas una asesina, solo una chalada que sueña con el puñetero futuro.  

 La mirada de la joven se desvió su derecha; solo en ese momento se dio cuenta de que había traído con ella a Grace. Lo observado en la cama se mantenía. La calavera aún estaba blanca y tersa, sin muestra alguna de oxidación. De nuevo, como ocurriera en el dormitorio, una chispa rojiza ardió en las cuencas vacías. Fue un resplandor efímero, achacable a su propia confusión; sin embargo, Alice necesitaba alejarse de la figura espectral y burlona. Aferrada al móvil como si este fuese un salvavidas, se alzó de la silla y arrastró sus pies hasta la ventana. ¿Qué podía hacer? ¿Llamar a la poli? Tal vez ellos serían capaces de rastrear los archivos, si es que habían existido. ¿Sería todo más creíble si les mostraba las marcas de su orgía nocturna? ¿O se limitarían llamar al loquero mientras esperaban el momento de ir a machacársela?

Alice y Grace


«¿Qué marcas, Alice?», se preguntó, conteniendo el impulso de darse una bofetada.

Lo había visto al despertarse. Nada mancillaba la pálida perfección de su piel marfileña. Ni un corte, ni un mordisco en el seno. Nada. 

La mirada de Alice se desvió hacía la calle. La vida bajo ella era tan mundana que parecía irreal, un teatro de la rutina. Incluso una furgoneta de una empresa de fontanería acababa de detenerse frente a su edificio, como sucedía día sí día también. Los caseros de esa zona de Brooklyn preferían reparar fugas casi cada mes a cambiar las instalaciones. 

Del vehículo solo se bajó una mujer vestida con un sucio mono blanco, que pronto sacó de la parte trasera una caja de herramientas acoplada a un carrito. La fontanera se encaminó hacia su edificio; antes de entrar, como si fuese consciente del escrutinio de Alice, elevó la mirada hacia la ventana. Durante un segundo, el corazón de la pelirroja dejó de latir. ¡La fontanera era la Baronesa Samedi! La mujer que acababa de adentrarse en el inmueble era blanca, de pelo castaño claro y formas más voluptuosas que la intrusa de la noche anterior. Sin embargo, ambas eran la misma criatura, estaba segura. 

Un gemido se escapó por la garganta de Alice en el mismo instante en que su cuerpo recobraba la capacidad motriz. Trastabillando, sin importarle estar medio desnuda y descalza, corrió en dirección a la puerta; si deseaba escapar o apuntalarla no lo tenía claro. Tampoco podría decidirlo; apenas hubo encarado el recibidor, la hoja se abrió con suavidad; ni siquiera las viejas bisagras emitieron el quejumbroso gruñido habitual. 

¿Necesita una limpieza de cañerías? —La fontanera sonrió mientras aparcaba el carrito a un lado y cerraba la puerta tras de sí. 

En nada se parecía a la Baronesa Samedi ni a la vendedora ambulante, a pesar de ser igualmente joven y sensual. Sin embargo, Alice seguía sin tener dudas. La intrusa era la culpable de su conversión en heraldo de la Parca. Su ama. 

Ya te dije que ninguna puerta puede detenerme, adopte el rostro que adopte. —La sonrisa de la fontanera se ensanchó—. ¿Pensando en llamar a la bofia? —Señaló con la mirada el teléfono de Alice—. Adelante, no voy a hacer nada para impedírtelo, pero antes te convendría responder a esta pregunta. ¿Quieres ser un titular en la sección de sucesos o recibir mañana una llamada de ese gusano al que llamas agente? 

Alice no necesitó preguntar cuál sería el titular; este reverberó en su mente confusa, se coló en letras sangrantes a través de los párpados cerrados y se clavó en su corazón como un estilete de hielo. «Nuevo capítulo en la tragedia del restaurante Golden Apple. Una de sus empleadas muere tras lanzarse desde la ventana de su dormitorio». 

¿Y dices que no harás nada para detenerme? —se atrevió a preguntar. 

Su ama la miró burlona, mientras su rostro volvía a cubrirse durante unos segundos con la máscara de calavera. 

Serán tu culpa y la incapacidad de convencerles de que no estás chalada las que te den la idea de suicidarte. Mi magia solo te dará el impulso necesario para dar el salto… Pero mi poder también puede impulsar a cierto editor a darte un «sí», aunque sea esa rata de Oswald Jordan quien se lleve el mérito.  

Oswald no es ninguna rata —protestó Alice. Defender a su agente resultaba un tanto absurdo, dada la situación, pero no se le ocurría mejor respuesta. 

En su interior, la culpa combatía con la promesa de la gloria y esta recibía el apoyo de la mirada ardiente de su ama. Bajo su poder, era imposible no dejarse dominar por un deseo salvaje y las muertes causadas por sus escritos adquirían un sabor dulce; el de una venganza ejecutada con maestría. 

Lo es, pero no importa. 

La fontanera se pegó a ella, obligándola a apretarse contra la pared. Alice gimió al notar el latido de su espalda, arañada y dolorida. El torso entero le latía, en realidad. Cuando su ama le desabrochó la camisa, la escritora contempló sin sorpresa los vestigios de la pasión desatada la noche anterior: los cortes, los arañazos, el mordisco en el seno derecho, las marcas dejadas por un cinturón reconvertido en fusta…  

Cuando te dé por el culo, le daremos una lección. Durante la noche de Halloween, con una historia de menos de 666 palabras, sin ediciones, lo bastante abierta para que la bofia encuentre alguna explicación racional.  Así funcionará nuestra magia, querida. Tendrás que escoger a alguien que te haya dañado, directa o indirectamente y que no goce de la protección de seres más poderosos que yo. Son las serpientes cuyos nombres aparecen entre paréntesis en la lista negra...

Alice ya había intuido esa última parte de la explicación. Político y juez seguían vivos, pese a anteceder a su jefe en la lista de odios. 

Las uñas de la baronesa rozaron el pezón erecto de Alice. La joven bajó el brazo del teléfono, que había mantenido alzado durante todo el encuentro. Sin rendirse todavía, dejó que los labios de su ama recorriesen la curvatura de su cuello, hasta llegar al oído. 

Adelante, Alice. ¿Qué respondes? 

El calor volvía a recorrer todo su cuerpo, a cubrir de excitado rubor sus mejillas. Sin embargo, tenía clavada una esquirla de miedo en el corazón. Algunos regalos no eran tales, sino ofertas envenenadas que solo admitían una contraprestación: las almas. ¿Acaso perder esta, verla torturada por toda la eternidad, no sería peor que una muerte rápida? 

¿A cambio de qué? —balbució incapaz de ocultar el temblor de su voz. 
Su ama no necesitó que especificase la razón de sus miedos; sin mudar su posición, derramó la respuesta en el oído de la joven. 

Ideando esas muertes me haces más favor a mí que a ti; en algunos lugares, las almas que me ayudarás a recolectar son más valiosas que el platino. Pero también tendrás que hacer otro pequeño pago. Me temo que el sueño de contabilizar tus presentaciones por fans fornicadas no podrás cumplirlo. —Un punzón helado se clavó en el estómago de Alice. Jamás había desvelado a nadie aquella fantasía, ni siquiera a la baronesa la noche previa—. A partir de ahora, solo te entregarás a mí, adopte el rostro que adopte, en cuerpo, sangre y alma… 

La escritora gimió cuando su amante le retorció el pezón izquierdo. 

¿Y cómo he de llamaros, mi señora? —suspiró, más que preguntó, recurriendo al trato formal. 

Cada nombre, con su rostro. —Su ama detuvo sus caricias y se alejó de ella, para frustración de Alice—. Por hoy, creo que Alessandra Bianchi valdrá —dijo, señalando el nombre escrito en la pechera del mono—. No es tan bueno como Circe, o Mater Suspiriorum, pero la inmortalidad tiene sus peajes. ¿Qué me dices, Alice? ¿Prefieres ser una mancha en el asfalto o saborear el éxito, el apartamento en el Soho, y tal vez otros regalos con los que ahora no eres capaz de soñar?

El teléfono se escurrió entre los dedos de la pelirroja. No supo si había llegado a romperse; la baronesa había retomado sus atenciones. Mañana ya se preocuparía del móvil y de la llamada de su agente. Hoy debía explorar el verdadero contenido de la caja de herramientas, mientras se entregaba a su benefactora en cuerpo, sangre y alma.

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