Las estrellas son Legion

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¡Qué guapetón queda con la sobrecubierta alternativa!

Hay libros de los que se paladean despacio, como un buen vino, para apreciar cada uno de sus matices. De otros apreciamos sus grandezas, o sus flaquezas, poco después de haberlos terminado. A veces, surgen novelas como Las estrellas son Legión, historias que te sorprenden, que te emocionan, que te atrapan de tal manera entre sus garras que, pese a la densidad de su ambientación, no puedes soltarlas. Novelas que empiezan en un punto alto, ganan en intensidad a lo largo del desarrollo y cierran de forma brutal. Y todo eso lo logra pese a contar con una ambientación y una voz narrativa (la primera persona del singular) que exigen un alto nivel de implicación por parte del lector.

Las estrellas son Legión es la historia de un sistema moribundo en torno a cuyo sol flotan mundos que son a la par naves y seres vivos. Están habitados por mujeres cisgénero que parecen tener una relación simbiótica con ellos. Pero también es la historia de Zan, una mujer sin memoria, una guerrera que parece ser la única persona capaz de colarse en el Mokshi, la única nave que no está sometida a una órbita fija. Al menos, eso le cuentan las desconocidas que dicen ser su familia. Su principal interlocutora es Jayd, quien le despierta tanta atracción como desconfianza. A grandes rasgos, y sin destripar la trama, ese es el punto de partida de la historia. Lo demás, es mejor ir descubriéndolo página a página.

La narración comienza in-medias res, obligándonos a sumergirnos de golpe en ese mundo nuevo y en los conflictos que lo rodean. Eso supone un problema relativo, dado que, al adoptar el punto de vista de Zan, iremos descubriendo muchas cosas a la par que ella. Además, incluso las propias habitantes de la Legión desconocen buena parte de la historia de la misma y particularidades de sus propios mundos. Los capítulos de Zan se alternan con los de Jayd, la mujer que le produce esa mezcla de atracción y desconfianza, con quien parece haber trazado planes en el pasado. Estas intervenciones también nos proporcionan la información con cuentagotas, pues el personaje esconde muchos secretos, y sus monólogos interiores siempre evitan referencias directas a ciertos asuntos. Este recurso, que bien puede parecer a algunos lectores una leve trampa por parte de Hurley para ocultar información de cara al final, ayuda a reflejar, en mi opinión, el estado de desconfianza casi paranoica en que vive sumido el personaje.

Por lo demás, y en un aspecto más técnico, aunque la primera persona del presente tiene no pocos detractores y no suele recomendarse para historias de «acción», aquí funciona de modo perfecto. Ayuda reflejar la sensación de desconfianza e incertidumbre de Zan En los primeros compases algunas escenas de lucha pueden resultar algo más confusas, reflejando cómo el cuerpo de Zan parece reaccionar por instinto en ciertas situaciones antes que su mente. No obstante, el tono de sus capítulos se hace más conciso y menos distante a medida que avanza la trama y Zan recupera retazos de recuerdos, además de cruzarse con personajes que la ayudarán en su periplo y a crecer como persona.

Uno de los puntos fuertes de la novela es el inmenso trabajo de wordbuilding realizado por Kameron Hurley. Eso no solo se traduce en elementos muchas veces extraños o en la imaginación desbordante que se despliega a medida que exploramos los mundos. Lo importante es que todo esto tiene relevancia, sea en la trama principal o en las secundarias, las características de las distintas tribus que aparecen a lo largo de la historia o la evolución psicológica de los personajes. Aquí incluyo las peculiaridades de los embarazos en la Legión, o el hecho de que todos los mundos estén habitados únicamente por mujeres cisgénero. La relación que se establece entre los mundos y sus moradoras (que a ratos puede interpretarse como simbiótica y a ratos como parasitaria, sin tener claro quién se aprovecha de quién), solo podría establecerse con ellas.

No obstante, el elenco también es importante por otro motivo. En una época en la que todavía hay especímenes retrógrados que crean una versión de Los últimos Jedi quitando a los personajes femeninos, esta novela prueba que un elenco compuesto solo por mujeres puede sustentar perfectamente una historia con elementos de acción, conspiraciones y toques gore. Los personajes son variados, reconocibles, interesantes, carismáticos unos, antipáticos otros... Y, desde luego, no son intercambiables. Toda una lección para quienes todavía piensan que la mujeres no tienen cabida en ciertas historias o basta con meter una para que cubra el puesto de Pitufina, damisela en apuros o florero.

En lo que se refiere al tempo narrativo, la historia avanza con buen pulso. Al menos yo, no he tenido bajones de ritmo como lectora. Lo hace además de forma coherente. Salvo un detalle puntual un poco antes del tramo final, los giros que pueden resultar más sorprendentes están sustentados en pistas o elementos que habían sido mencionados previamente en la historia.

En resumen, la novela me ha parecido una puñetera pasada, perdonad el improperio. Ahora mismo me resulta imposible sacarle ningún defecto importante, porque me ha gustado todo, la narración, el desarrollo la ambientación y el diseño de personajes. ¿La recomendaría a todo tipo de lectores? Pues no sé. Yo diría que, si no te gusta lo truculento, eres alérgico a las narraciones en primera persona o albergas ciertos prejuicios, quizá esta no sea tu novela. O igual es la que te hace cambiar de opinión.

Un último apunte para aquellos a quienes les choque la foto que ilustra la reseña, tomada de mi ejemplar del libro. Un crítico decidió mostrar su desdén hacia la novela calificándola de Lesbians in the Space. Pretendía ser un comentario negativo, pero justo logró lo contrario. El sobrenombre se convirtió en un título extraoficial para la obra, tan extendido que la Alianza hizo una tirada limitada de novelas con la sobrecubierta alternativa de Lesbianas en el Espacio para los ejemplares comprados en preventa a través de Gigamesh.
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