Relato: El alma de la piedra



Aprovechando que hoy es noche de San Juan, os dejo con El alma de la piedra, un relato que escribí hace ya algunos años. La primera versión la escribí para una entrega del fenecido Certamen de Micorrelatos Teseo en la que había que crea historias ambientadas en el solsticio de verano. Más tarde lo amplié, pero no recuerdo si llegué a publicarlo por algún lado.

El alma de la piedra 

     El crepúsculo ya tiñe el paisaje de matices oscuros cuando las muchachas asoman por el camino, procedentes de las siete aldeas. Acuden a la llamada de la Piedra Negra. Aunque el velo que separa nuestros dos mundos se ha atenuado, no puedo traspasar el umbral. Aun así, puedo verlas con tanta claridad como veo a mi espalda el erial gris al que los druidas de los hombres nos exiliaron después de convertir a nuestros dioses en tallas de la Piedra.
   Hace tiempo que las historias que se cuentan sobre nosotros en pueblos alejados del valle son consideradas simples leyendas. Pero las siete villas han mantenido su fe y, gracias a sus gentes, un día volveremos a ser los amos de este valle y de las tierras que se extienden allende sus fronteras.
Nosotros y sus hijos. Los de estas jóvenes que ahora rodean el monolito.
Piedra Negra
    Se desnudan, se toman de las manos y empiezan a danzar alrededor de la prisión en la que yacen petrificados nuestros dioses. Las mece una música que no brota de instrumento alguno, sino de la propia piedra. Es lenta, acariciadora, pronto tornará en sensual y, con ello, las manos dejarán de estar unidas para que las bailarinas se contoneen, insinuantes. Mis ojos han contemplado el ritual demasiadas veces como para desconocer la evolución del mismo, aunque no tantas como para que no me sobrecoja ese vaivén de caderas, sensual, lujurioso, con el que las muchachas rinden sincero tributo a nuestras divinidades. A los dioses por cuyo honor luchamos los guerreros sumergidos en la monotonía eterna y a las que las siete villas siguen rindiendo culto en la intimidad.
    Las muchachas han perdido todo pudor, y sus cuerpos semejan estar entre dos mundos: blanca y virginal se ve su piel bajo el crepúsculo mundano; sensual plata, bajo la luz de la Piedra. Mis hermanos y yo continuamos en la gris oscuridad, esperando. Baleno aún no ha llegado a la cima de la cúpula de Rynnhar.
    La danza se ha vuelto ya por completo incitadora, la Piedra refulge en mil colores; se extienden por el valle y aún tienen ocasión de iluminar, por una única vez en todo el año, este mundo gris que nos aprisiona. Como de costumbre, no he sido capaz de contemplar el momento preciso en que las tallas de piedra se han tornado carne. Carne divina, firme, lustrosa. La carne de nuestros dioses. Son todos varones; suya es la puerta al verano. Cada uno avanza hacia una de las danzarinas. Algunos se dejan agasajar por sus bailes, otros las arrojan al suelo. Acarician sus cuerpos, devoran hambrientos sus sexos, las toman al estilo de las bestias. No copulan con ellas. Esperan a que Baleno esté en el último tramo de su ascenso.
   Cuando lo hace, todos inician la cópula en perfecta sincronía. Los gemidos de éxtasis de las muchachas enmudecen la música, pese a que esta no ha dejado de sonar en ningún momento. La luz abraza a las parejas y la oscuridad que me rodea se hace menos densa en cada golpe de caderas. Baleno alcanza la cima estrellada; los amantes, su clímax; a mí y al resto de guerreros, deja de rodearnos el atosigante gris.
    Elevo la mirada hacia el cielo estrellado; más que mirarlo, me bebo sus colores, el resplandor de la luna, el brillo de las estrellas. Algunos de mis hermanos ya están escogiendo protegida; yo sigo mirando al cielo durante una dulce eternidad para luego sumergir la mirada un mundo de colores, hermosos aun bajo el velo de la noche. Tendré tiempo para admirarlo, pues nuestro destino es pasar aquí seis meses, protegiendo a nuestros hermanos neonatos y a sus madres.
    Siempre somos nosotros quienes escogen a su custodiada; sin embargo, esta noche en cierto modo es ella quien me ha escogido a mí. Su mirada está clavada en mi piel de pálida plata, admira mi desnudez y la silueta oscura de la Piedra entre mis senos. Sus ojos verdes arden de curiosidad, casi con tanta fuerza como lo hace su cabellera. Sin decir nada, recupero sus ropas del suelo y la ayudo a vestirse. Pronto nos alejamos hacia su aldea, sin intercambiar palabras con los congregados en el claro, sin atrevernos a mirar al siniestro monolito con el que han vuelo a fundirse nuestros dioses.
    Dentro de seis meses, regresaremos a la Piedra para abrir las puertas del inverno. No habrá danzas, sino partos, en los que nacerán niños dioses que tornaran en adultos en una sola noche, una vez beban el néctar de los senos de nuestras diosas. Dejaré de ser custodia en la luz, para ser guerrera en la noche.
    Y el ciclo continuará  hasta el día en que se ponga fin a la maldición. Entonces los dioses escaparán de esa prisión llamada Piedra Negra y la noche más corta del año no supondrá comienzo del verano para los hombres, sino el inicio del reinado de nuestro pueblo sobre la Tierra.



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