Relato: Baile de máscaras

Buenos días. Os traigo, a modo de pequeño regalo, un experimento que escribí hace unos años, uno de esos relatos condenados a coger polvo en las carpetas, porque no terminan de encajar en ningún lado. 
Dada la longitud del texto, podéis escoger entre leerlo directamente en el blog o ir al final de la entrada y descargarlo en versión epub. 

Portada

Nada más ver sus siluetas enfundadas en pantalones y cazadoras de cuero, además de las gafas protectoras colgadas al cuello, el tabernero se apresuró a servir dos jarras de cerveza. Era un veterano en el puerto. Sabía que los pasajeros de los dirigibles preferían tisanas o aguardiente de bayas; quienes viajaban en pájaros de bronce, el dulce néctar dorado, capaz de serenar su espíritu para continuar vuelo sin embriagarlos. En ocasiones, uno se encontraba con pilotos amantes de los licores, pero Boris había aprendido a mantenerlos a raya sirviéndoles la bebida antes de que tuviesen ocasión de pedir algo más fuerte. 
En el caso de las recién llegadas, no obstante, la precaución parecía innecesaria, pues ambas caminaban con paso firme, convirtiendo en un placer la contemplación de sus figuras. Eran escasas las pilotos con verdadera clase que repostaban en Sadnak, un puerto alejado de las mejores rutas comerciales. 
—Gracias, amigo —dijo la morena, antes de dar un buen trago a su jarra. 
Hablaba en el dialecto de los territorios del norte, pero Boris no terminaba de identificar su acento, pese a sus años de experiencia adivinando nacionalidades. Su aspecto físico no ayudaba a situarla; era alta, fibrosa, con nariz recta y pómulos marcados, como los umbrianos, pero su piel era aceitunada, no pálida, y sus ojos almendrados parecían negros de puro oscuros. Boris analizó a la otra mujer mientras esta se encaramaba al taburete. Aún resultaba más complicada de ubicar. Una melena espesa y flamígera enmarcaba un rostro de facciones delicadas que resultaba jovial, no distante, gracias a la sonrisa de la muchacha. Demasiado radiante para una norteña. Y la cabellera no parecía producto del tinte o la alquimia; la nariz respingona de la joven estaba salpicada de pecas. 
La procedencia de las dos forasteras resultaba un misterio, cierto era; sin embargo, por una vez Boris no pensaba sumergirse en juego alguno para averiguarla. Desde hacía cuatro días, solo deseaba una cosa: novedades sobre el Baile de Máscaras. 
—¿No tendrán por casualidad noticias de Borea? —preguntó mientras fingía limpiar la barra. 
—¿Borea? 
La pelirroja lo contempló con gesto confuso antes de intercambiar una mirada, a medias interrogante, a medias irónica, con su compañera. Si había un reino donde una belleza así no sería jamás bienvenida, era ese. Los boreanos consideraban el cabello rojizo y las pecas como símbolos de maldad. Los más humildes nacían condenados a ser parias; los privilegiados compraban pócimas que hacían mutar por siempre el color de los cabellos de sus hijos y eliminaban toda marca traidora de la tez. Algunos, se decía, incluso cambiaban el color de los iris. 
—Pensaba que tal vez habían escuchado rumores nuevos… 
En esta ocasión, dos pares de ojos lo taladraron cargados de desconcierto. 
—¿No se han enterado de los rumores? ¿Del escándalo del baile de máscaras?
Las dos mujeres negaron de nuevo y se inclinaron hacia la barra; la pelirroja aprovechó para pasar el brazo derecho por los hombros de su compañera, en una caricia nada disimulada. El detalle aún hacía más lógica su estupefacción cuando creyó ser tomada por boreana. Pero Boris apenas reparó en eso, ni se regodeó del modo habitual en el erótico cuadro formado por las dos bellezas. Estaba muy ocupado aclarando su garganta y pensando en el mejor modo de empezar su historia.
—Fue hace dos días, en la fiesta organizada por el viejo rey para celebrar el cumpleaños de su heredero. No había un grande de Borea que no estuviese en la fiesta, según dicen. Incluso había invitados procedentes de naciones vecinas. Todos estaban seguros de que esa sería una noche de grandes noticias. 
Boris hizo una pausa con intención dramática y miró de soslayo a sus clientas. Parecían interesadas en la historia, pero no impresionadas. 
—¿Se imaginan cuáles podían ser?
—¿El viejo iba a abdicar para vivir con su querida? 
Era difícil adivinar si las palabras de la joven de piel aceitunada eran una simple burla o un intento de hacerse la graciosa, pero Boris no dejó que minasen su entusiasmo de narrador. Buscó la jovial mirada de la pelirroja, tomó aliento, y retomó su historia. 
—Eso no habría sido noticia en Borea, muchacha. La infidelidad es norma y costumbre consentida entre los monarcas de allí. Y desde que el príncipe alcanzara la mayoría de edad hace un lustro, la noticia es que el cumpleaños del joven termine sin que su padre le entregue el trono. 
»No —sonrió—. La gran noticia que todos esperaban era otra. Si eso ocurría, la abdicación se daba casi por sentada. 
El tabernero se demoró unos segundos, fingiendo comprobar si las dos únicas clientas necesitaban que rellenase sus jarras ya mediadas. 
—Sí, señoritas, la abdicación se daba por sentada —repitió con gesto melodramático—. Si tal y como todos aventuraban, cuando el reloj de Palacio marcase la última campanada, se anunciaba el compromiso entre el apuesto joven y la heredera de una de las mayores fortunas del reino: Justine, la hija de la baronesa Brochard. 
»¡Pero también la inquietud hacía presa en muchos corazones! —Boris elevó la voz, envalentonado por la falta de entusiasmo de sus oyentes—. Todos temían las malas artes de Gertrudis. 
Ahora sí, sus palabras sembraron de sorpresa el gesto de sus interlocutoras. 
—Era la fea hermanastra de la hermosa heredera, hija ilegítima del barón, aunque su bondadosa consorte se esforzó por criarla como si fuese propia. Sin embargo, era una muchacha díscola, acostumbrada a mezclarse con la hez de la sociedad y malvada… Muchas veces se había merecido ser encerrada en las mazmorras de su castillo, incluso su padre había tenido que usar sus contactos para evitar que acabase en la cárcel… 
Dragoncete
—¿En serio? —murmuró la morena, antes de soltar un gruñido. 
Boris la vio frotarse la espinilla mientras lanzaba una mirada rencorosa a los relieves que decoraban el frontal del mostrador. 
—Tengan cuidado con los dragones, señoritas. Aunque no estén vivos, pueden morder. 
—Entonces… ¿La hermanastra malvada les arruinó la fiesta? —aventuró la pelirroja, sin darle ocasión de retomar su historia. 
Boris premió con una sonrisa condescendiente la nula clarividencia de la joven. 
—No. De haber sucedido eso, la historia sería mucho menos fascinante. La hermana no se presentó a la cena. Al menos en cuerpo. Nadie puede sabe si su alma corrompida pudo influir de alguna forma en lo sucedido. Cuando el gran reloj tañía por última vez en ese día ya finalizado, mientras los invitados se congregaban para corear los futuros esponsales de su futuro monarca, un grito tapó los últimos ecos del toque de campanas. 
»Los labios que habían soltado semejante alarido no eran otros que los de la baronesa Brochard. Estaba petrificada, trémula, con la vista fija en una de las entradas del Gran Salón… El resto de invitados pronto desviaron la mirada hacia allí y no tardaron en descubrir la razón de su pánico. 
Boris se detuvo para tomar aliento. En ese punto de la narración, interpretaba los hechos más que narrarlos. Sus manos estaban crispadas en un gesto melodramático, su mirada se clavaba en sus dos interlocutoras. Mostraban más interés en la historia, pero continuaban sin dar muestras de verdadera fascinación. Había públicos muy sosos. No obstante, el tabernero no cejaba en su empeño de hacerlas sucumbir al hechizo del misterio.
Como buen dueño de taberna portuaria, en su corazón latía el espíritu de los viejos juglares.
—¿Qué creen que vieron? —Las forasteras se limitaron a encogerse de hombros—. Nada menos que a la hija de la pobre baronesa. Pero ya no era el orgulloso ángel de cabellos rubios que se ganara la admiración y la envidia del resto de invitados al inicio de la jornada. Tenía el pelo revuelto, el vestido desgarrado y estaba cubierta de arañazos. 
A medida que hablaba, las manos de Boris habían ido despeinando su escaso cabello, agarrado su camisa, contagiados por el entusiasmo de su dueño. El tabernero ni siquiera percibió la sonrisa divertida intercambiada por las dos mujeres. 
—No estaba sola, por desgracia. Un hombre, o tal vez un verdadero demonio, la aferraba rudamente por su brazo derecho —Boris agarró su propio antebrazo con fuerza mientras pronunciaba las últimas palabras. Sus ojos se dilataron y se clavaron en los de sus oyentes—. Todo en él era negro, bestial y maligno. Sus ojos ardían como tizones. Y parecían petrificar a quien los contemplaba. Por unos momentos, nadie fue capaz de reaccionar, ni siquiera cuando el demonio tiró de la muchacha para obligarla a correr junto a él, hacia una salida. Cuando el valeroso príncipe se lanzó sobre él, se vio envuelto en una nube de humo carmesí. No le provocó daño alguno pero, cuando se disipó, el villano y su prisionera ya corrían por el jardín. 
Las uñas de la pelirroja se clavaron en el antebrazo izquierdo de su compañera, cuya diestra se aferraba al asa de su jarra con fuerza suficiente para emblanquecer sus nudillos. Boris se permitió una sonrisa satisfecha mientras recuperaba el resuello. 
—Los invitados fueron tras ellos. También la Guardia, en cuanto el rey pudo convocarla. De nada les sirvió. El malvado dominaba el humo y el fuego. En cuanto sus perseguidores parecían recuperar terreno, una cortina de humo los cegaba o se veían obligados a esquivar un fuego fatuo.  La persecución pronto los llevó a uno de los laberintos, donde el villano parecía moverse mejor que ellos. De pronto, un trueno, un cañonazo… una terrible explosión retumbó en el jardín. Los perseguidores quedaron paralizados, aferradas las manos a sus armas a la espera del ataque de una horda de seres aberrantes...
»Este no llegó, sin embargo. Después de que un rugido los estremeciese, los valientes elevaron la mirada al cielo para ver cómo un inmenso dragón de escamas rojizas se elevaba en el aire. Lo cabalgaba el secuestrador misterioso y, atada a su lomo, portaba a la vociferante Justine. 
Dejó morir su voz con la mirada fija en sus dos clientas. A los pocos segundos, se vio obligado a contener una mueca de decepción. Se había esperado exclamaciones de sorpresa y horror, gestos de admiración. Esas dos beldades lo contemplaban con la misma expresión que ponía su perro cuando compartía con él los restos de una costilla, mientras el propio Boris tenía delante un plato repleto de ellas. 
—¿Y…? —lo instó a seguir la morena. 
—Hasta ahí llega la historia que de momento conocemos. Dónde se la llevó el villano, si la está violentando en su guarida o la tiene encerrada en una lóbrega mazmorra… solo lo saben él y su pobre prisionera… 
Las dos mujeres lo siguieron mirando con gesto opaco. Boris estaba apunto de lanzar un  bufido, y centrarse en sacar brillo a los ya de por sí impecables vasos del local, cuando la campanilla de la puerta tintinó. Un grupo de viajeros ataviados con ropajes caros, abrigos y capas de pieles invadió el local. Entre peticiones de tisanas y licor de bayas, se intercalaban otras palabras que hacían sonreír a Boris «¿Ha oído los rumores sobre el escándalo de Borea?»
El tabernero iba desgranando su historia mientras se afanaba en servir las bebidas, olvidadas ya sus clientas indiferentes. Estas, no obstante de estar concentradas en sus respectivas consumiciones, no dejaban de escuchar los cacareos, especialmente, las matizaciones a la historia del tabernero. Rumores recogidos en escalas previas del dirigible donde viajaban los recién llegados y, tal vez, alterados por sus imaginaciones excitadas. 
—Señores, si me permiten mi opinión —elevó la voz uno de los hombres—. Está claro que este es un caso de intervención brujeril. Está claro que el misterioso secuestrador era un demonio familiar o tal vez una criatura del averno invocada para la ocasión. La hermana bastarda debe de tener tratos con brujas o ser ella misma tal vez una hechicera. La pobre Justine regresará un día, recuerden bien lo que les digo, pero no será su alma la que yazca en ese cuerpo. 
—Sí, y llegará dormida en un ataúd, acarreado por siete demonios familiares disfrazados de sonrientes enanitos, para que el valeroso príncipe la saque del trance con un morreo —susurró la pelirroja en el oído de su compañera, pronunciando con especial burla el término «valeroso». 
La morena ahogó como pudo una carcajada antes de cortar todo intento de seguir bromeando con un beso. Fue un contacto largo, ardiente hasta resultar indecoroso; sin embargo, y pese a la cercanía de otros clientes, no se elevaron voces reprobadoras. Todos estaban pendientes del viajero, aún enfrascado en desgranar sus teorías sobre el misterio del baile de máscaras. 
Las dos viajeras apuraron sus jarras y dejaron sobre la barra un monto suficiente para cubrir el precio de las bebidas junto a una generosa propina. 
—¿Se van? —se extrañó Boris. 
—La historia es apasionante, pero me temo que tenemos que continuar nuestro viaje. Ya nos enteraremos del final en el próximo puerto —respondió la morena con ligereza. 
Boris se limitó a mascullar su estupefacción mientras las veía abandonar el local. No podía comprender cómo nadie podía escuchar con tanta tranquilidad el escándalo más apasionante que había sacudido a los territorios del norte en los últimos años. 

engranajes


De haber espiado el camino de las jóvenes, habría comprendido su actitud. Ambas permanecieron mudas mientras dejaban a un lado los diques donde flotaban los dirigibles y se adentraban en las pistas destinadas a los ingenios mecánicos. En la más próxima se agazapaba un ave broncínea, semejante a un águila, aunque la cola, bajo la que se ubicaban las salidas de humos, era más larga. El sol arrancaba destellos de sus alas, haciéndolas parecer fabricadas en fuego puro. El Fénix ya era majestuoso el día en que un alquimista y su hija tuvieron la desgracia de estrellarse en Borea. Más de un lustro de restauración clandestina, realizada primero por ambos y luego por Thera en solitario, lo había convertido en una obra de arte. 
—¿Dragón? Menudos patanes —refunfuñó antes de abrir la cabina del piloto, situada en la cabeza el animal. 
Justine, situada a su espalda, no comentó nada mientras ella encendía la caldera y comprobaba los niveles de agua y carbón. No todos los empleados de puerto eran igual de rigurosos a la hora de cumplir con los trabajos pagados de antemano. Estos eran de los serios. Thera hizo un gesto de aprobación y tomó un mapa de la bolsa situada en el lateral derecho del compartimiento. 
—¿Hermana bastarda malvada? —susurró, mientras ojeaba el plano, doblado por el itinerario del día. 
Sus palabras no estaban destinadas a llegar a oídos de nadie, pero la pelirroja la premió con una sonrisa irónica apenas terminó de gruñir. 
—Si quieres, volvemos y le hablamos de alquimistas secretamente retenidas al servicio de un barón. O de pociones capaces de destruir el efecto de un hechizo de pureza. 
La expresión de la morena se suavizó hasta convertirse en una leve sonrisa. 
—¿Con lo que disfruta el pobre hablando de dragones y brujas? Sería cruel por nuestra parte quitarle ese placer. 
—Al menos este acertó en lo del miedo. Pensé que te habías vuelto loca cuando sugeriste escaparnos por el Gran Salón. ¿Qué miras con tanta atención? —preguntó al ver a la otra más pendiente del mapa que de sus palabras. 
—Un puerto donde hacer escala antes de detenernos en Danea a pernoctar. 
—¿No decías que podíamos hacer todo ese trayecto sin parar? 
—Y podemos. Pero no quiero perderme el momento en que la hermana bastarda fea pasa a ser la buena y el desconocido, un ser enviado para castigar las prácticas brujeriles de la cruel heredera —contestó para diversión de su amante, mientras devolvía el mapa a su sitio—. No te preocupes, tenemos margen de sobra para llegar a Danea antes de que anochezca y buscar un buen hotel donde descansar dos o tres días. 
—¿No molestará el retraso a tu benefactor? 
La mirada de Justine había perdido toda jovialidad por vez primera desde la fuga. Thera la atrajo hacia sí y la estrechó entre sus brazos. 
—El gobernador de Erin es un hombre sabio. Me lo dejó claro cuando me ofreció financiación para acelerar mi fuga, a cambio de ayudarlo a mejorar la vida de la isla. Sabe que una inventora contenta rinde más que una decena renegadas o retenidas a la fuerza. Podríamos tardar un mes en llegar allí, acompañadas de tus siete enanos, y no nos diría nada. 
Ninguna comentó nada sobre el peligro de ser localizadas por agentes de Borea. Era un reino supersticioso, atrasado, pese a relacionarse con las naciones vecinas. No se atreverían a perseguir dragones. Si se desvelase el secreto de las fugitivas, encarcelarían a la baronesa por auspiciar prácticas oscuras.
—Venga —dijo al ver el gesto de duda de la pelirroja—, sube a tu cabina antes de que el Fénix decida largarse solo. Nuestra historia nos espera. 

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